26,4 millones: la diferencia entre un festival que da de comer a un pueblo y uno que se lo come
Un estudio de la Universidad de Burgos cifra el impacto del Sonorama en Aranda de Duero. El dato gordo no son los millones: es dónde se gastan.
Sonorama Ribera · Aranda de Duero · Estudio de impacto económico de la Universidad de Burgos
Que un festival presuma de su impacto económico no es noticia. Lo hacen todos, y casi siempre con un informe debajo del brazo que llega a las redacciones ya digerido. Este también: la cifra la difunde el propio Sonorama Ribera, a partir de un estudio del Observatorio de Turismo de la Universidad de Burgos. Conviene decirlo antes de seguir, porque un informe de impacto que sale redondo suele tener a alguien contento detrás.
Dicho eso, hay que mirar los números. Y los números aquí cuentan algo que no cuenta la nota de prensa.
Dónde se queda el dinero
El impacto total son 26,37 millones de euros, un 11% más que en 2024. Pero desglosado deja de ser una cifra de titular: 6,56 millones son gasto directo de la organización, 10,15 millones son efecto inducido sobre la economía regional, y 9,65 millones son lo que se gastó el público fuera del recinto. Fuera. En el pueblo.
Ahí está la historia. Cada visitante dejó de media 104,1 euros en bares y restaurantes de Aranda, más que los 100,6 que se gastó en dormir. Cincuenta y ocho en compras, treinta y tres en transporte. Es decir: la gente que va al Sonorama gasta más dinero en la barra de un bar del pueblo que en la cama donde duerme.
Compáralo con el modelo contrario, ese del que ya hemos hablado aquí: recinto cerrado en las afueras, pulsera con saldo, barra oficial, foodtruck oficial, patrocinador oficial. Cada euro que gastas dentro es un euro que no pisa el municipio. El pueblo pone el suelo, el ruido y los atascos, y se lleva las fotos. Al Sonorama se le puede acusar de muchas cosas, pero no de eso: su recinto es un pueblo, y no hay forma de vallar la Plaza del Trigo.
Lo que sí conviene mirar con lupa
El festival ingresó cerca de 7,9 millones, un 30% más. Y el capítulo que más subió fue el de las barras: un 56%, muy por encima del patrocinio (36%), la restauración (41%) o las entradas (21%). Traducido: el crecimiento del festival viene sobre todo de que bebes más dentro. Eso no lo convierte en el malo de la película, pero es el tipo de dato que un informe celebra y que a nosotros nos gusta señalar.
También hay que decir que los 26,4 millones de impacto conviven con 7,9 millones de ingresos propios. Es decir, por cada euro que entra en la caja del festival, se mueven más de tres en el territorio. Ese es el argumento de verdad, y es mejor que cualquier eslogan.
El estudio se apoya en más de 3.100 encuestas y estima que el 93% del público viene de fuera de Aranda: unas 32.500 personas. Más de 1.400 empleos directos. Y un efecto que se derrama en Valladolid, Segovia y Soria, donde también se duerme y se consume esos días.
Por qué esto importa más allá de Aranda
Llevamos años viendo cómo el circuito se llena de festivales que aterrizan en un sitio, extraen lo que pueden y se van. Marcas que usan la música como embudo, fondos de inversión que compran carteles como quien compra naves logísticas. En ese contexto, un festival que nació hace 29 años porque a un grupo de jóvenes arandinos les dio por traer música al pueblo donde habían decidido quedarse, y que hoy sostiene el agosto de una comarca entera, no es un dato de economía: es una postura.
La nota de prensa del festival termina diciendo que quieren seguir "dejando huella en la tierra a la que pertenece y en la que cree". Es una frase de folleto, sí. Pero es de las pocas veces que los números que la acompañan no la desmienten.
La pregunta no es si los festivales generan dinero. Es a quién se lo generan. Y esa la contesta cada uno con su modelo, no con su informe.